Deseoso de suicidarme

Este es el diario de un suicida. Una ventana abierta a la estupidez de la mi existencia.

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Melodía agridulce

Giré la cabeza y allí estaba ella. Su sonrisa perenne destacaba de entre la multitud y aunque confieso que instantes antes mi vista había recorrido el salón de actos buscando sus facciones, nunca albergué la más mínima esperanza. Mi pulso se aceleró en aquel instante y las palabras del orador dejaron de penetrar por mis oídos.

Sara. Hay pocas personas que hagan honor a su nombre de pila, pero el suyo lo habría adivinado de habérmelo preguntado. Sus ojos dulces y expresivos y su sonrisa sincera me llamaron la atención hace un par de meses en un curso en el que coincidimos. En aquella ocasión la observaba desde el refugio que me ofrecía el anonimato hasta que caí en la trampa con la que tan hábilmente me engaña el cerebro cuando anda falto de ilusión. Terminé por ver miradas furtivas y sonrisas nerviosas que indudablemente catalogué como coqueteo.

En desigual batalla contra mi timidez innata, agravada por la falta absoluta de alcohol, el segundo día de curso me las arreglé para comer en su misma mesa. Ánimo machote, puedes hacerlo. Usa esa capacidad tuya para hacer reír a la gente, a ellas les gusta reír. Haz ver que eres un tipo interesante, educado pero dominante, el macho alfa de la manada. Capté su atención y conversamos de forma fluida. Charlamos largo rato, encontramos que teníamos afinidades y conocidos comunes hasta que escuché el gong que marcaba el final, un gong que sonó algo así como “... mi novio...”. Fatídicas sílabas. Era previsible, pero no por ello dejó de recorrerme una descarga la espina dorsal.

Aquella tarde nos despedimos y tuve la certeza de que jamás volvería a verla.

Acabada la conferencia me dí la vuelta. Allí estaba ella, mirándome y, por supuesto, sonriendo. Me acerqué y la saludé. Venía sola. Intercambiamos unas palabras y ambos nos esforzamos por recordar datos sobre otro. Se acordaba de mi y de lo que le había contado aquella vez, aunque no de mi nombre. El gong tocó de nuevo, pero esta vez algo más flojo, porque esta vez, estaba prevenido. Hasta otra Sara, cuidate.

Volviendo a casa sonaban los “Dire Straits”.

...and is your face I'm looking for on every street...
04/05/2004 01:45

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