El viernes llegó sin avisar. La semana duró un suspiro, empujándome hacia el abismo de los dos días fatídicos. Mi masa encefálica lo presentía, el reloj biológico hacía tic-tac antes de detonar el dolor de cabeza que sufro. Durante las próximas 48 horas deberé abandonar la cómoda soledad acompañada que hace soportable mi respiración para sumergirme en el terrible esfuerzo que para mi representa el aparentar ser persona. Con un poco de suerte saldrá el sol.