Quería poner en stand-by la realidad un par de horas, para dejar de ser deseoso por un rato, para que otra persona dejara también sus sinapsis desconectadas por un tiempo. Las suyas no se, pero las mías se interconectaron con frenesí. Quizás porque la película es una puta mierda, peor si cabe que la primera parte, quizás porque no consiguió transportarme dentro de la fantasía que se proyectaba en el lienzo, quizás porque en mi cabeza solo cabían hoy mi visión del mundo contra la suya. Y los roces. Y la fragilidad. Y mi incapacidad. Y
ella. Y yo.
De camino a casa escuchaba una canción. Por un momento pensé en publicar la letra aquí, describía con exactitud cierta parcela de mi. Pero no lo he hecho. No porque sea el equivalente de rellenar el metraje de Los Vigilantes de la Playa con videoclips a cámara lenta de tetonas paseando y musculitos haciendo surf –que lo es- sino porque me he dado cuenta de que si un tipo con una guitarra plasma en un disco lo que yo pienso, lo que yo siento, eso significa que no soy más que otro imbecil dando vueltas por el laberinto que otros ya recorrieron. No soy especial. No soy tan raro como a veces quiero creer ser. Solo uno más.
Una cosa si se. Si me duele, es que esta ahí. Y me duele.